Lección Magistral de Eduardo Martínez de Pisón


Martínez de Pisón Como epílogo a su etapa profesional, Eduardo Martínez de Pisón nos dejó estas bellas palabras donde intenta explicar la gratitud que los paisajes le han dejado maracado en su corazón. Toda una lección magistral para los geográfos del mundo y una bella reflexión para cualquier amante de la naturaleza.

“La Belleza del Oficio del Geógrafo”.

“Algún colega, más realista o pesimista, me propuso que cambiara el título de esta lección por el de “Gracias y desgracias de la profesión geográfica”. Pero siempre ha existido en mi optimismo, es por el mismo significado de la imagen incluida en la carpeta que invita a este acto. El paisaje como objeto, la montaña como escenario, y el dibujo como instrumento.

Sin embargo, no es sencillo abordar una lección magistral. Eché la vista atrás y consideré lo mucho y lo bueno que ha habido, en mi caso, en el ejercicio de la profesión. Planteo caminar adelante y vaticiné que puede ser un estupendo momento para trabajar más.

Decidí así repetirme a esta experiencia positiva, a la vez personal y profesional, una experiencia consistente en recibir y dar información, así hay información que se basa en experiencias, y, a la inversa, hay experiencias que se hacen información; y cuando ambas se cruzan está la experiencia personal del profesor. Encontré, que ese había sido un buen sitio, que ese había sido un buen lugar, y quiera que más, un atractivo asunto para tratar en este espacio. Recordé entonces que, en un libro de Pío Baroja se hacia un repaso de lo que bello se nace (…) y eso me influyó al título de esta conferencia, pero claro está, no existía cuando lo escribió Baroja, el oficio del geógrafo, pero podría haber estado en otra lista 50 años después.

Luego hemos visto crecer y planificarse la profesión, y bien es cierto, no siempre, con los gajes del oficio, en fin en cualquier caso, me encuentro el oficio, así, partido, y por ello entre dos mundos, entre las viejas maestrías y las nuevas tecnologías; sostenido por las viejas maestrías, y asistido por las nuevas tecnologías. Ciertamente la Geografía ha estado como Robinson, pero construyendo su capacidad, y al cabo, como Robinson, medito aquí las consideraciones del naúfrago, haciendo balance de sus peripecias. Aprendí a estar reconocido a la parte buena de mi situación, escribía Robinson, y olvidar en lo posible mi calvario. Robinson encontró hasta júbilo y gratitud por tener su isla. Voy pues a hablaros de esta isla, o mejor, de esta parte de la isla, donde el júbilo y la gratitud.

Tengo la sensación de haber sido aprendiz en la Geografía, al mismo tiempo que la disciplina era también aprendiz en la ciencia. Y lo que se aprendía era la ciencia de observar, el geógrafo se formaba como observador, como lector de la Tierra. Cuya escritura se revelaba por contacto directo. El aprendizaje en la misma realidad. Con poca bibliografía y escasa cartografía, ese contacto y algunas destrezas puestas al servicio de un interés intelectual eran el mejor camino, nuestro camino. Por un lado ese interés concernía al corazón del hombre y el peso del tiempo en los paisajes humanos. El objeto de la Geografía era espectro, y parecía estar esperando unos ojos distintos o simplemente unos ojos, y en otras ocasiones una perspectiva con distinta luz. Los ojos habían de conectar, inevitablemente, con el viejo campo, como había escrito Mallada en 1890, “Nosotros, que hemos viajado por una gran parte de España, que tantas sierras, tantos barrancos, tantas sendas hemos cruzado, cuántos pastores hemos visto que sólo tenían un zurrón…” Vivimos y vimos aún en aquel campo un residuo de una España medieval superviviente. Según decía también Mallada “aldeas que se confundían con la tierra”. Fue con todo un bello descubrimiento al lado mismo de casa, y hoy es tal vez, un testimonio de unos paisajes perdidos.

Por otro lado aprendimos a ser observadores de la naturaleza, con un material escondido, y por ello de los grandes escenarios solidarios, cuando aún eran solitarios. El observador de la montaña devuelve el placer de que un día el rostro que ama, el placer de repatearlo e individualizarlo, aprendiendo en ello de una escuela de minuciosos observadores, de maestros pródigos, de quienes encontraron el difícil estilo de expresión de los medios desaparecidos.

Entre ellos, tempranamente, en el año 1828, entre esos maestros y voluntarios estaba ya explicito el acercamiento paisajista con una mezcla de voluntad y rápida literaria de la belleza de la tierra. Es el caso de Albaner y su obra, en un capítulo que trata de la clasificación de los paisajes y su relación con los sentimientos del alma, que se abre, con una línea cordial que aún sigue transitando, “hay hombres, decía Albaner, duros y débiles, como los hay de cartón fino, que pero en general el hombre no puede renunciar a su sensibilidad”, para ese hombre sensible, cada paisaje tiene su tono como en el solfeo, pero en realidad hay un método para ordenar los paisajes y clasificarlos, y es aquí donde la Geografía se convierte en alma.

De este modo proponía los siguientes tipos que conforman la raíz metodológica afincada en el sentimiento, primero los paisajes territoriales, el paisaje abierto por el arado y por el trabajo, indicador en suma del poder del hombre. A pesar de esto barbaner era un destino romántico añadía al final de su descripción del paisaje agrícola: son especialmente interesantes a los inspectores fiscales. Por otro lado, más alejado, proponía los paisajes pastorales, los paisajes semirústicos, orlados, dice, de así los secretos y también los infiernos, paisajes latentes y naturaleza más libre y de marco evidentemente rusoniano. Sobre ellos, aparecería el dominio de lo que es el mundo. Un mundo desnudo y habitado, a la vez inhóspito y atractivo, paisaje geológico en la terminología de Albaner, presidido por su misma genialidad natural lo que le hace ser el paisaje del filósofo. Y lo es, porque, además, tal escenario tiene un contenido que le conduce inevitablemente a una percepción híbrida con una mirada inversa a la habitual. La perspectiva desde la cumbre, desde la cima, la que pone la montaña en primer plano, es decir, los unidos. No es ya la montaña un accesorio sino un lugar propio con su cultura también propia, nacida de un lenguaje fuerte. El paisaje desértico entraría en esta variedad con el aroma del gran viaje y de las amistades perdidas así como el paisaje polar, otra modalidad de la fuerza del dominio de lo natural, de las regiones enemigas en expresión de Albaner, y el paisaje volcánico, que quedaría bajo el patrón, bajo el signo del Etna, del Vesubio y del Teide, con el añadido de su dinamismo, creador de paisajes, y por último estarían los paisajes marinos, como ejemplo de la magnitud y del naufragio, es decir, del diálogo entre la felicidad y la fortaleza, en ellos se reúnen los caracteres de la llanura y de la montaña, los sentido prácticos y los sentidos cultos. Así Albaner traduce y clasifica el mundo en géneros paisajistas, desde el campestre hasta el Etna, y a nosotros nos interesa porque contiene una raíz cultural de la que podríamos surgir los apartados, quizá emocionales, de una geografía física no desvinculada de los sentidos. De este modo, lo que es inevitable en el oficio es el encuentro con la y su objetivo, la constante convivencia de una realidad planificada por la , es decir el paisaje sería, como describía Víctor Hugo en 1839 “ el lugar que aparece común en un inmenso, donde cada roca es una letra, donde cada lago es una frase y donde cada aldea es (…)“. Y en suma sería ver la tierra, la misma tierra de cuna y sepulcro de cuanto existe, y en la que se resuelve cuanto vive y muere. Estamos insertos en nuestro objeto, es una fortuna trabajar en discernir sus elementos, su estructura y su sentido, como ven ustedes no es una idea nueva, no es una idea nueva entre nosotros incluso.

La relación de los cuatro elementos por ejemplo, aparece incluida ya por San Isidoro en el siglo o también por Raimundo Nuvius, hay ya una expresión gráfica un todo natural en el que se inserta el hombre como partícipe. Es así una de las grandes bellezas del oficio, tener al paisaje como clave ¿No es cosmos equivalente a belleza?, y tenerlo además en su doble horizonte, objetivo y subjetivo relacionados por una última simpatía. Pero para eso hay que estar preparado para ver, si no se está preparado para ver, las cosas y sus sentidos se ocultan de nosotros, parece que huyen, se ponen en la sombra. Las cosas se hacen invisibles, claro está, e incluso algo más, como pensaba Clous, al creer en la noche, en la pradera y el en bosque en la noche en la que crece el verano. De modo que visto así, el paisaje tanto irradia de sí como de no. Esto que voy diciendo viene a ser como correr el velo sentimental de la ciencia, formalmente oculto por el pudor sentimental de los científicos, o tal vez sólo ser consciente de lo que un paisaje conlleva la aceptación de su belleza, porque hay que ser muy reductible para renunciar a un aspecto tan patente de la realidad. Así ante las fuerzas naturales, todo invita a ser espectador de primera fila, a entenderlas admirativamente como quién está ante el dragón aunque sea armado sólo con gafas. (…)

Palabras de Martínez de Pisón, E. transcritas por Magdalena Armas, S.

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Una respuesta a Lección Magistral de Eduardo Martínez de Pisón

  1. Alfredo dijo:

    de puta madre! que grande este hombre, yo quiero ser como el…

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